La Asunción de María: contemplar para predicar la esperanza
«La bienaventurada Virgen María, por el hecho de ser Madre de Dios, tiene una especie de dignidad infinita a causa del bien infinito que es Dios.»
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, q. 25, a. 6.
Contemplar a la Santísima Virgen María es entrar en el misterio de una mujer plenamente disponible a la voluntad de Dios. Ella es la criatura en quien la gracia alcanzó su máxima expresión, no por méritos propios, sino porque supo abrir su corazón con humildad al proyecto divino. En María contemplamos la grandeza de Dios manifestada en la sencillez de una mujer que nunca buscó protagonismos, sino que permitió que toda su existencia proclamara la gloria del Señor.
Su canto del Magníficat sigue resonando en la vida de la Iglesia y de cada consagrada: «Porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48). María reconoce que todo es don; por eso su vida se convierte en una permanente acción de gracias. Esa es también la actitud que sostiene nuestra vocación dominicana: vivir con humildad, anunciar con alegría y dejar que sea Dios quien realice grandes cosas a través de nuestra pequeñez.
Sin embargo, la vida de María no estuvo marcada únicamente por los privilegios de su elección. Ella conoció el silencio de Nazaret, la incertidumbre de Belén, el exilio de Egipto y, sobre todo, el dolor indescriptible de permanecer firme junto a la cruz de su Hijo. Su santidad se forjó en la fidelidad cotidiana, en la confianza inquebrantable y en la esperanza que nunca se dejó vencer por la oscuridad. Por eso la Iglesia la contempla hoy glorificada: porque quien compartió plenamente la vida y la misión de Cristo participa también plenamente de su victoria.
San Juan Damasceno, uno de los grandes Padres de la Iglesia oriental y principal defensor de la doctrina sobre la Dormición y la Asunción de María, expresa con admirable profundidad este misterio: «Si Cristo, que es realmente el camino y la verdad, dice: “Donde yo estoy, allí estará también mi servidor” (Jn 12,26), ¿cómo, pues, con mayor razón su Madre no iba a tener el mismo domicilio que Él? Siempre es preciosa la muerte de los santos ante Dios; pero mucho más preciosa fue la partida de la Madre de Dios.»
Inspirado también en el testimonio de la Tradición, el papa Pío XII proclamó solemnemente el dogma de la Asunción en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus (1950): «Pronunciamos, declaramos y definimos como dogma revelado por Dios que la Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.»
La Asunción no es solamente un privilegio concedido a María; es también una promesa para toda la Iglesia. En ella contemplamos el destino glorioso al que Dios llama a quienes permanecen fieles a su amor. María es la primicia de la humanidad redimida, la mujer plenamente realizada en Cristo, el signo de esperanza que anima nuestro caminar.
Desde la cruz, Jesús entregó a su Madre al discípulo amado: «He ahí a tu madre» (Jn 19,26-27). Con estas palabras, María se convierte en Madre de todos los discípulos y continúa acompañando el nacimiento y el crecimiento de la Iglesia. Ella sostiene nuestra fe, fortalece nuestra esperanza y nos enseña a permanecer junto a Cristo, especialmente cuando el camino se vuelve exigente.
San Buenaventura resume bellamente la riqueza espiritual de María cuando afirma: «Como el océano recibe todas las aguas, así María recibe todas las gracias. Como todos los ríos desembocan en el mar, así las gracias de los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los confesores y las vírgenes se reunieron en María.»
Cada solemnidad mariana nos invita a volver la mirada hacia aquella mujer que Dios eligió para hacer visible su proyecto de salvación. Pero la Asunción de María nos lleva todavía más lejos: nos permite contemplar el destino glorioso de quien vivió plenamente unida a Cristo y nos revela la meta hacia la que caminamos todos: el cielo.
Una mirada desde nuestra vocación dominicana
Para nosotras, Hermanas Dominicas, la solemnidad de la Asunción es una invitación a renovar nuestra consagración desde la mirada de María. Ella nos enseña que toda fecundidad apostólica nace primero de la contemplación; que no hay verdadera predicación sin una profunda escucha de la Palabra; y que el servicio a la misión solo da fruto cuando está sostenido por una vida entregada completamente a Dios y la presencia cercana y amorosa hacía el prójimo.
María es la mujer que contempla, guarda y medita todo en su corazón antes de anunciar con su vida las maravillas del Señor. En ella descubrimos el modelo de una discípula que vive en comunión, que camina con la Iglesia y que permanece fiel hasta el final. Su Asunción nos recuerda que la meta de nuestra vida consagrada no es el éxito humano, sino la plena comunión con Cristo. Porque quien aprendió a decir cada día «hágase en mí según tu palabra», un día escuchará también la promesa cumplida del Señor: «Ven, participa del gozo de tu Señor.»
Que esta solemnidad renueve en cada hermana el deseo de contemplar más profundamente para predicar con mayor autenticidad; de vivir la fraternidad con alegría; de anunciar la Verdad con libertad evangélica; y de seguir llevando la luz de Cristo allí donde la Providencia nos envíe.
Hna. Verónica Agurto Olivari OP
Dominica de la Inmaculada Concepción
Chiclayo – Perú.
